Anita Sirgo: un lugar en el mundo

La larga memoria de una mujer que hoy 20 de enero hubiera cumplido 94 años y cuya lucha trasciende a un lugar, a un tiempo y a una clase

Anita Sirgo / Liliana Peligro – Fuente
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Rubén Vega, Héctor González, La Nueva España, 20 de enero de 2024

Hay personas que atesoran tal trayectoria que basta pronunciar su nombre para reconocerlas. En la cuenca conocen a Anita, todos saben quién es y a qué dedicó su vida. Para mucha gente forma parte de un paisaje vital. Anita siempre estuvo ahí, al pie del cañón, como una referencia fija, infatigable, inquebrantable.

La vida de Ana Sirgo Suárez, que hoy, 20 de enero de 2024, hubiera cumplido 94 años, fue singular hasta extremos que ni ella misma llegó a sospechar y que quienes la conocimos, por trato, por cercanía y por saber de otras muchas personas como ella en esa fábrica de hombres y mujeres de excepcionales características que fueron las cuencas mineras, quizá nunca alcanzamos a valorar en toda su extensión. De Anita conocemos su imperturbabilidad ante la represión, su entereza frente a la tortura, su militancia antrifranquista y su constancia en apoyar todas aquellas luchas, grandes o pequeñas, en las que fuera necesario echar un cable para avanzar en la causa de la clase trabajadora, para tratar de hacer del mundo un lugar mejor.

Sin embargo, pasamos por alto un aspecto fundamental: la dimensión de Anita rebasa con mucho la cuenca minera o el ámbito asturiano y se proyecta mucho más allá. Hasta hace muy poco, ser parte del proletariado era sinónimo de nacer, crecer, reproducirse, envejecer y fallecer en un territorio muy concreto y muy pequeño. No había leyes que lo sancionaran, pero la clase estaba ligada a la tierra. Siempre estaba la opción de emigrar, pero el resultado era (y es) muy parecido: el final del trayecto llevaba a un lugar en el que la vida, principalmente el trabajo, volvía a anclarte a un espacio geográfico más bien pequeño.

Si se formaba parte de una comunidad obrera firmemente constituida y cerrada, como la minera, salir de ella se volvía todavía más difícil. Uno podía cambiar de barriada o de pueblo por amor o trabajo, pero no se iba muy lejos. La vida era tan sencilla como dura. Se basaba en trabajar muchas horas al día, todos los días de la semana, sin apenas tiempo ni alternativas de ocio. Si además eras mujer, la vida carecía de tiempo libre: cuidar hijos (y padres y suegros), limpiar, cocinar, coser, bajar al mercado, trabajar sin descanso… y confiar en la suerte, no tan frecuente, de dar con un marido que no fuera maltratador ni borracho o manirroto.

Añádase a ello el contexto concreto en que Anita creció: represión inmisericorde, miseria, hambre, miedo y, en su caso (que tampoco era tan raro), ni un día de escuela. Desde la más tierna infancia, trabajo, privaciones y todas las cortapisas imaginables. Un padre y un tío fugados –y al cabo muertos– en el monte, una madre presa en un campo de concentración, una casa familiar saqueada y la supervivencia como único horizonte.

Pero hubo, aun cuando era harto improbable que sucediera en una comunidad muy cerrada de una región periférica de un país pequeño, aislado y que importaba más bien poco, personas que conocieron mundo y que, a pesar de no estar precisamente destinadas a ello, adquirieron fama y reconocimiento internacional. Obreras y, además, mujeres. Lo que nadie podía esperar. Empezando por ellas mismas. Anita fue una de ellas. Proyectada su figura al primer plano de la política nacional y de la opinión pública internacional a raíz de que su nombre y el de Constantina Pérez aparecieran en un manifiesto firmado por un centenar de intelectuales que sacudió a la dictadura, homenajeada y entrevistada centenares de veces, convertida en símbolo de la lucha de las mujeres en los tiempos más duros… Anita, que vivió casi toda su vida en una barriada obrera a pocos kilómetros de la aldea donde nació, es una figura que trasciende los espacios y los tiempos que le tocó vivir. Difícilmente se puede estar más arraigada en un lugar concreto y ser al mismo tiempo tan universal, tan cargada de sentido y de significados. La militancia la llevó al exilio en París, a un congreso clandestino en Praga; a aparecer en documentales, tesis doctorales, exposiciones e innumerables reportajes de prensa y entrevistas; a contar su vida a cuantos venían en busca de ese relato a la cocina de su casa en Lada, pero también en aulas universitarias e incluso en el Parlamento Europeo.

Nunca yo, siempre nosotros

Tampoco resulta fácil encontrar un personaje que alcance la relevancia que ella tuvo y le otorgue menos importancia. Nunca consideró que ella fuera importante en sí misma, sino como parte de una causa, de unos ideales a los que contribuyó con todas sus fuerzas, que no eran pocas. No le interesaban los homenajes más que como tribunas para apelar a mantenerse en la lucha, a defender lo conseguido a tan alto precio y no cejar en la búsqueda de mayor justicia social, para llamar a los jóvenes a tomar el relevo. Su espíritu indómito y sus ganas actuar, de no resignarse y de cambiar las cosas, no nacían de ningún impulso individualista, sino que arraigaban en proyectos colectivos. Nunca pidió nada para sí. Anita nunca fue yo, siempre fue nosotros. Las películas y las novelas suelen presentarnos a personajes que se rebelan contra un destino impuesto, rompen sus cadenas y toman las riendas de su vida para realizarse individualmente, pero la vida va por otro camino. Para Anita y muchas otras como ella, ese tipo de relato y de proyecto vital de realización personal, individual, carecía por completo de sentido. Fueron lo que fueron e hicieron lo que hicieron porque formaban parte de una clase, de una comunidad y de una lucha que daban significado a su sufrimiento, sus sacrificios y su arrojo; los motores que las hacían desafiar todos los miedos y todos los peligros, nada imaginarios sino perfectamente concretos y tangibles. En realidad, estas vidas de película han sido protagonizadas por personas enraizadas en la clase obrera que perseguían la utopía de un mundo mejor, sin explotadores y explotados, y que conforme a sus ideales y su militancia se veían envueltos en situaciones que les otorgaban notoriedad y reconocimiento no buscados, fama al precio de conocer comisarías, cárceles y exilio.

La militancia, el compromiso y las ideas, aparte de inspirar luchas que transformaron la realidad, dotaban de un significado diferente a las biografías de quienes hacían de la lucha su forma de vida. Las elevaban a otro nivel. Eran reconocidas como luchadoras, personas íntegras de quien uno se podía fiar, que no traicionarían su causa ni la de sus compañeros y que siempre estarían dispuestas a ayudar en lo mucho y en lo poco.

Algunas, pocas, llevaban el compromiso tan dentro que todo el mundo sabía que las podían apalear y vejar, que podían romperles el tímpano a base de golpes o raparles el pelo para humillarlas, que podrían obligarlas a exiliarse, pero que ni en esas flaquearían. Jamás delatarían a un compañero, abandonarían una lucha o renunciarían a sus ideales. De ahí que se agigantaran hasta el punto de que toda su comunidad podía referirse a ellas solo por su nombre de pila, por muy común que éste fuera. Y eso, insistimos, es mucho.

Despedida a Anita Sirgo (16 de enero de 2024) / Fuente vídeo

Chiscada de sangre

A raíz de la noticia de su muerte, en los vertederos de odio que abundan en las redes no faltan haters preguntando cómo se puede homenajear a una comunista. Ciertamente se puede elegir. Y hay quien prefiere estar del lado del capitán Fernando Caro Leiva, con su camisa «chiscada de sangre» (como Anita lo rememoraría miles de veces al relatar sus torturas en la calle Dorado de Sama, en septiembre de 1963) y marcar distancias con la mujer a la que torturó. Frente a eso, ella siempre levantó el orgullo de haber sido torturada y rapada pero no doblegada. Le pudieron arrancar mechones de pelo, pero no le arrancaron ni un solo nombre. Porque «si nosotres hubiéramos hablao, hubiéramos arrastrao a mediu Langreo». Pero ni ella ni Tina les dieron a sus torturadores más que el oprobio de su cobardía y la tenacidad en preservar la memoria de aquellos hechos. Con su dignidad, evidenciaron el triste papel del ministro de Propaganda que se permitió bromear a costa de aquella «tomadura de pelo», justificándola por «las sistemáticas provocaciones de estas damas a la fuerza pública». Como ella siempre recordaba, lejos de cubrirse la cabeza con una «pañoleta» tal como les exigieron, optaron por mostrar sus cabelleras rapadas en fotografías que fueron difundidas por todo el mundo como testimonio fehaciente de la tropelía y por contar las torturas a quien quisiera oírlo, no por afán de notoriedad sino por dejar testimonio de la verdad.

A partir de ese episodio, los nombres de Tina y Anita adquirieron resonancia nacional e internacional. Estuvieron en boca de intelectuales, medios de comunicación, ambientes políticos, sindicales o instancias democráticas en general, fueron representadas por artistas y se convirtieron en denuncia viviente de la dictadura. A Anita le quedaban por delante sesenta años más de tenacidad en preservar la memoria y alentar la lucha. Allá donde hubo colectas para ayudar a presos o despedidos, piquetes para «tornar a los esquiroles» arrojándoles maíz para humillarlos por su falta de hombría, encierros como los sostenidos en la catedral y en el palacio arzobispal, recogidas de firmas por la amnistía o la democracia… encontraremos a Anita. Como la encontramos arrojando su zapato de tacón a la policía, exiliada en París, viajando clandestinamente a Praga para participar en un congreso bajo la dictadura y, ya en democracia, trabajando infatigable en campañas, cocinando para las fiestas del partido, acudiendo a cuantos sitios la llamaran y recibiendo a cuantos quisieran hablar, entrando en las aulas que le estuvieron vedadas en su infancia para dar lecciones de dignidad a alumnos de colegios, institutos y universidad, personándose en la Querella Argentina para reclamar justicia, manifestándose en incontables ocasiones por infinidad de causas (o quizá siempre por la misma causa bajo distintos lemas). En los últimos años se materializó en marchas por las pensiones, el derecho al aborto, la memoria democrática… en las que Anita se había convertido ya en un icono que insuflaba energía a los asistentes y era motivo de orgullo para los convocantes.

Para su final dejó instrucciones muy precisas sobre la manera en que quería ser despedida: bajo una pancarta y en manifestación, tal como había vivido. Sus organizaciones de toda la vida (PCE, CC OO, IU) se encargaron de cumplir su voluntad. El cortejo que la acompañó en ese último recorrido hasta el pozu Fondón era seguramente consciente de que despedía a un símbolo que es patrimonio de los más, de los de abajo, de los que no se resignan, de quienes anhelan un mundo más justo, de quienes anteponen las causas a los intereses y lo colectivo a lo individual, de quienes entienden que la verdadera libertad se construye conjuntamente con la de los demás.

El acopio de dignidad, coraje y generosidad que presidió toda su vida la convierte en el tipo de luchadora que Bertolt Brecht calificó de indispensable. Anita Sirgo fue un personaje descomunal y la persona era de la talla del personaje. No deberíamos llorarla sino rendirle tributo. Reconocerla en toda su magnitud y recordarla en su integridad debe hacernos mejores a todos porque cada cual puede elegir sus referentes y Anita es de los que engrandecen. Queda su memoria y no será corta.

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Lourdes Lancho recuerda hoy también en la SER, a Anita Sirgo a través de su vida y su despedida: Compañera, gracias por «dar tira»: Anita Sirgo, un ejemplo de lucha y dignidad

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