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Xavier Mas, La Vanguardia, 2 de julio de 2024
El Tribunal Supremo de Israel ha decidido por unanimidad que los estudiantes de la Torá han de servir en el ejército, como cualquier otro ciudadano. Hasta ahora, la comunidad ultra ortodoxa, estaba exenta de esta y otras obligaciones, como pagar impuestos municipales o educar a sus hijos en el sistema público.
La sentencia pone en evidencia el peso de la teocracia sobre el laicismo, del conservadurismo religioso sobre la modernidad de una sociedad que hace frente a profundas tensiones internas.
Los haredim, como se conoce en hebreo a estos ultraortodoxos, forman una comunidad aparte. Lograron su autonomía al apoyar, en 1948, la creación de un Estado laico.
Entonces solo eran 40.000, pero hoy son un millón, es decir, más del 13% de los siete millones de judíos israelíes. Viven en comunidades cerradas, educan a sus hijos en escuelas religiosas donde se evita enseñar ciencias y matemáticas, disponen de tribunales rabínicos, formados solo por hombres, con potestad para decidir sobre asuntos internos, incluidos los matrimonios.
El 56% de los hombres no trabajan porque se dedican exclusivamente al estudio de la Torá. Otro de sus propósitos es tener tantos hijos como puedan para recuperar la población judía anterior a la Shoá y no dejarse atrapar por la fuerte demografía de los palestinos.
Las familias haredim tienen importantes descuentos en las guarderías públicas. El Gobierno también subvenciona las yeshivas, las escuelas religiosas, donde desarrollan su actividad, y el primer ministro Netanyahu les ha aumentado las ayudas financieras.

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El Tribunal Supremo ha prohibido al Ejecutivo dar más dinero a los haredim que se niegan a servir en las fuerzas armadas. Sin subvenciones públicas, muchos de estos centros no serán viables.
Netanyahu necesita el apoyo político de los ultraortodoxos para seguir en el poder. Por ello ha puesto en marcha una ley para extender sus privilegios, incluido el de no coger un arma para defender su país. El borrador está ahora en las comisiones de Defensa y Asuntos Exteriores del Parlamento.
La reforma judicial que intentó poner en marcha cuando asumió de nuevo el poder en diciembre del 2022 quería acabar con la independencia del Tribunal Supremo. Netanyahu consideró que ningún tribunal debe negar la legalidad de una ley aprobada en con la mayoría parlamentaria. Esta reforma, hoy relegada por la urgencia de la guerra en Gaza, beneficia a los colonos y a los ultraortodoxos, pilares de la coalición de Gobierno.

Es posible que si el Parlamento amplía la exención de los haredim para servir en el ejército se produzca un choque sin precedentes con el Supremo y la democracia, que ha visto cómo se erosionan derechos tan fundamentales como la libertad de expresión, sufrirá un nuevo revés.
Los haredim sostienen que la guerra no se gana con las armas, sino con la oración. Están convencidos de que si todos los israelíes estudian la Torá no sería necesario combatir. Es más, consideran que defienden a Israel estudiando las sagradas escrituras. Fue el estudio de la Torá, insisten, lo que permitió mantener la identidad judía durante los dos mil años de la diáspora.
El debate que plantean llega a la médula de lo que significa vivir una vida plena como judío religioso en un Estado secular. Rabinos tan influyentes como Yitzhak Yosef creen que sería más conveniente regresar a la diáspora que servir en el ejército.
Después de la masacre de Hamas del pasado 7 de octubre, los haredim estrecharon lazos con los israelíes laicos, que tanto han criticado sus privilegios. Unos dos mil se alistaron en las semanas siguientes. Sin embargo, el entusiasmo decayó y hoy sólo un millar están enrolados en las Fuerzas Israelíes de Defensa, menos de un 1% del total de soldados.
Servir en el ejército no es fácil para un haredí, educado al margen de la sociedad laica. Recela de su falta de decoro y de la preeminencia de la mujer. ¿Cómo puede un soldado raso acatar la orden de una mujer de rango superior?
El ministro de Defensa, Yoav Gallant, está a favor de que se incorporen a las fuerzas armadas a pesar de las dificultades que deberán superar. Al ejército le faltan hombres y ha sido necesario aumentar el tiempo de servicio anual de los reservistas.

No está previsto, sin embargo, que la policía militar vaya a sacar de sus casas a los estudiantes de la Torá que no se presentan voluntariamente en los centros de reclutamiento. Si Netanyahu diera la orden, su gobierno caería. Pero si no la da, la mayoría secular tendrá más argumentos para sostener que los haredim, poco a poco, están convirtiendo a Israel en una teocracia.
Una cosa es aceptar playas segregadas para mujeres y hombres ultra ortodoxos o que no hayan cines ni autobuses en sabbat, pero otra es dejarse gobernar por una coalición ultraconservadora y mesiánica, una minoría que niega la modernidad con todos los derechos y obligaciones que comporta.
El Tribunal Supremo sale, una vez más, en defensa de la igualdad de todos los ciudadanos y de los principios laicos que sostienen el Estado. Que deba hacerlo y que sea criticado por los radicales que sostienen que Netanyahu indica muy claramente el grave riesgo que corre Israel.
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Xavier Mas de Xaxás es corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

















