La exhumación llevada a cabo en Ayamonte muestra el largo trabajo de las familias y de la Asociación Bebés Robados Huelva para reconstruir casos que llevan décadas rodeados de preguntas

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Fuentes Antonio Bendala, Diario de Huelva | Huelva Información, 4 de octubre de 2026
A las 11.15 horas del día 2, una caja con los restos de un niño fallecido en 1981 se abrió en el cementerio de Ayamonte. Tenía 15 meses cuando murió. Sus restos fueron enterrados inicialmente en Huelva y posteriormente trasladados al cementerio ayamontino. 45 años después, todavía quedan preguntas por responder.
Dentro de una pequeña bolsa había unos huesos, restos de ropa y la posibilidad de empezar a responder una pregunta que una familia de Ayamonte lleva 45 años haciéndose. Eran poco más de las once de la mañana cuando, en el cementerio municipal, el doctor en Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Huelva Moisés Rodríguez Bayona confirmaba lo que acababa de aparecer tras abrir el osario: había restos óseos. Presumiblemente pertenecen a un bebé y, a primera vista, podrían estar completos.
No era todavía la respuesta que busca la familia de Óscar Pérez González. Para eso habrá que esperar al ADN. Pero sí despejaba la primera de las incógnitas que durante décadas ha acompañado a sus padres: dentro de aquel nicho había huesos.
La escena es solo el último paso de un proceso mucho más largo. Detrás de una exhumación vinculada a un posible caso de bebé robado hay años de búsqueda de documentos, reconstrucción de historias familiares, localización de enterramientos, comparación de muestras genéticas y, cuando es necesario, intervención judicial.
La familia no estaba allí. Había preferido preservar su intimidad porque remover una historia iniciada hace más de cuatro décadas se había vuelto demasiado doloroso. En su nombre habló Esperanza Ornedo Mulero, presidenta de la Asociación Bebés Robados de Huelva. Y antes de que comenzara la exhumación puso nombre y fechas a una historia que hasta ese momento permanecía escondida detrás de un nicho.
Ayamonte, 45 años después
Óscar Pérez González nació el 10 de diciembre de 1979. Con 15 meses enfermó con fiebre, malestar y náuseas y sus padres lo llevaron inicialmente a la Clínica de los Naranjos, en Huelva. Desde allí fue trasladado urgentemente al Hospital Manuel Lois, donde ingresó sobre las 23.00 horas del 25 de marzo de 1981.
Según el relato de sus progenitores transmitido por la asociación, les hablaron de una posible meningitis, aunque sostienen que no recibieron explicaciones claras sobre el diagnóstico ni el tratamiento. Durante aquella noche pidieron reiteradamente estar con su hijo. Solo pudieron observar durante unos instantes, a través de un cristal, a un niño acostado en una pequeña cuna hospitalaria. Y algo les inquietó: ambos aseguraron después que su aspecto les resultaba “extraño” y que no reconocían claramente a su hijo.
Aproximadamente a las diez de la mañana del 26 de marzo les comunicaron que Óscar había fallecido.
Los padres quisieron despedirse. Según su testimonio, cuando llegaron al mortuorio encontraron el supuesto cadáver dentro de un ataúd cerrado y no les permitieron abrirlo. Nunca volvieron a ver directamente el cuerpo de su hijo.
Una caja que sembró la duda. El féretro fue enterrado en un nicho privado del cementerio de La Soledad de Huelva. El 25 de febrero de 1993, por deseo de los padres, fue trasladado al cementerio de Ayamonte. Allí comenzó años después el episodio que convirtió las sospechas en una duda todavía más difícil de soportar.
En 2005, el Ayuntamiento comunicó a la familia que era necesario cambiar nuevamente su ubicación dentro del camposanto. El padre estaba presente cuando el sepulturero abrió parcialmente el recipiente funerario en el que se encontraban los restos. Según el relato familiar, el trabajador realizó una comprobación visual y comentó que “parecía no haber restos óseos”. Mostró además su extrañeza ante la posibilidad de que no quedaran huesos de un niño que había fallecido con aproximadamente 15 meses.
Los restos quedaron nuevamente depositados en el nicho y, desde entonces, no se había realizado sobre ellos ninguna comprobación antropológica, biológica o genética.
Este pasado viernes se ha llevado a cabo la exhumación, esta vez mediante una actuación científica autorizada y financiada por la Junta de Andalucía, promovida a petición de la familia a través de la Asociación Bebés Robados de Huelva y con la colaboración del Ayuntamiento de Ayamonte.
Antes de hacerlo, Esperanza Ornedo resumió qué esperaba aquella familia que había preferido no acudir al cementerio. Después de más de cuatro décadas de incertidumbre, explicó, “la familia no pide suposición ni interpretación, sino una comprobación genética” que le permita conocer la verdad sobre lo sucedido con su hijo. Detrás de aquella exhumación, añadió, hay “un dolor mantenido en el tiempo con nombres y apellidos”. Y esos nombres son los de Óscar Pérez González.
La primera comprobación llegó poco después. Moisés Rodríguez Bayona, profesor de la Universidad de Huelva y responsable de garantizar la cadena de custodia científica de las muestras, confirmó que en la bolsa extraída estaban “presumiblemente los restos óseos de un bebé, al completo”. Junto a ellos también se ha conservado ropa.
Ahora comienza un trabajo mucho menos visible y bastante más lento. Los restos deberán separarse y examinarse cuidadosamente para seleccionar aquellas muestras que ofrezcan “mayor carga genética”, según explicó Rodríguez Bayona. Después serán procesadas en el laboratorio de identificaciones genéticas de la Universidad de Granada que colabora con la Junta de Andalucía y se cotejarán con el ADN de los familiares.
Rodríguez Bayona señala que los resultados podrían tardar “dos, tres o cuatro meses”, aunque advierte de que no es posible establecer un plazo porque dependerá de la carga de trabajo del laboratorio.
Hasta entonces, la existencia de los huesos resuelve una pregunta, pero no la fundamental. Que haya restos dentro del nicho no demuestra todavía que sean los de Óscar. Será la genética la que determine si aquel niño enterrado hace 45 años era realmente el hijo al que sus padres no pudieron volver a ver.
Una investigación no comienza necesariamente con una pala
Y ahí es donde cobra especial importancia la labor de asociaciones como Bebés Robados Huelva, que llevan años acompañando a familias que no han conseguido cerrar una historia que comenzó, en muchos casos, hace varias décadas.
En estos casos existe una pregunta fundamental: ¿qué ocurrió realmente con el bebé?
Durante años, algunas familias recibieron la noticia de que su hijo había fallecido durante el parto o poco después. En otros casos se les comunicó que el cuerpo había sido enterrado, pero posteriormente surgieron dudas sobre el lugar exacto del enterramiento o sobre la documentación existente.
Precisamente por eso, una investigación no comienza necesariamente con una pala. Puede comenzar con un certificado de defunción, un libro del cementerio, una partida de nacimiento, un documento hospitalario o el relato de una familia.
La Fiscalía General del Estado mantiene desde 2011 un seguimiento específico de las investigaciones relacionadas con la posible sustracción de recién nacidos y estableció criterios para que, cuando resulte necesario, puedan practicarse exhumaciones y pruebas biológicas de identificación.
Reconstruir una historia décadas después. La labor de las asociaciones consiste, en buena medida, en reconstruir piezas que durante décadas permanecieron separadas.
Se recopilan los documentos disponibles, se contrastan las versiones, se localizan posibles enterramientos y se intenta determinar qué ocurrió con los restos. Cuando existen indicios suficientes, la investigación puede llegar hasta el cementerio.
En Huelva, este trabajo ha llevado también a intervenciones en el cementerio de La Soledad. En agosto de 2025 comenzaron excavaciones en distintos puntos señalados como posibles enterramientos de recién nacidos, en una actuación impulsada por SOS Bebés Robados Huelva y coordinada con la Administración.
Aquella investigación permitió localizar restos que posteriormente entraron en un proceso de identificación genética. A finales de 2025, la asociación trabajaba con 15 menores exhumados y con la participación de familias que aportaron muestras de ADN para intentar establecer identidades y parentescos.

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El ADN, una de las claves. La exhumación no significa necesariamente que la respuesta aparezca ese mismo día.
Los restos recuperados deben ser estudiados por especialistas y, cuando las condiciones lo permiten, se obtiene material genético que puede compararse con muestras aportadas por familiares.
El objetivo es determinar si existe una coincidencia genética que permita identificar los restos o descartar una determinada relación familiar. La Fiscalía ha establecido precisamente que las investigaciones pueden incluir análisis de ADN, informes forenses y comprobaciones sobre las circunstancias y el contexto de la muerte.
Por eso cada exhumación es una pieza dentro de un proceso más amplio. La tierra puede aportar restos, pero son los análisis posteriores los que pueden convertir esos restos en una respuesta.
No se trata solo de encontrar restos
La investigación de los casos de bebés robados tiene una particularidad: encontrar un cuerpo también puede ser una respuesta.
Para una familia que durante décadas ha vivido con la duda de si su hijo murió realmente, localizar unos restos y confirmar su identidad puede permitir conocer finalmente dónde fue enterrado y qué ocurrió con él.
Y también puede suceder lo contrario. Que una exhumación no permita identificar los restos o que estos no aparezcan. Eso no significa necesariamente que la investigación haya terminado, pero demuestra la enorme dificultad de reconstruir hechos ocurridos hace 40, 50 o incluso más años.
La propia Fiscalía señala que las investigaciones deben intentar agotar las líneas posibles de indagación para esclarecer los hechos y, cuando no sea posible determinar lo ocurrido, dar respuesta a las personas que denunciaron la desaparición.
Asociación Bebés Robados de Huelva
La Asociación Bebés Robados Huelva lleva años acompañando a familias que siguen buscando respuestas. Su trabajo no se limita a reclamar exhumaciones: también consiste en mantener abiertos los casos, reunir información, poner en contacto a familias, reclamar documentación y acompañarlas en un proceso especialmente doloroso.
En algunos expedientes, las familias buscan a una persona que podría estar viva. En otros, intentan confirmar qué ocurrió con un niño al que les dijeron que habían perdido. Son historias diferentes, pero comparten una misma necesidad: conocer la verdad.
La investigación de los bebés robados cuenta además con mecanismos institucionales específicos. Desde 2023 existe un nuevo convenio entre Justicia, Interior, Sanidad y Fiscalía para facilitar el intercambio de información y el acceso a datos por parte de las personas afectadas.
Otras familias esperando una respuesta
La escena vivida en Ayamonte tenía además un precedente muy reciente: ese mismo día el ADN confirmaba que los restos exhumados en Moguer son los de la hija de Paqui Márquez Orta.
Antes de comenzar la exhumación, Esperanza Ornedo comunicó el resultado de otro caso de posible bebé robado, en esta ocasión de Moguer, también en la provincia de Huelva, acompañado por la asociación. Francisca Márquez Orta había asistido meses atrás a la exhumación de los restos atribuidos a su hija. Las pruebas genéticas han confirmado ahora, según anunció Ornedo, que los restos corresponden a la pequeña. Una certeza dolorosa, pero certeza al fin, que permite cerrar una duda mantenida durante años.
Entre quienes acompañaban este viernes a la asociación estaba también Rosa María Martín Perera, de Pozo del Camino. Ella conoce demasiado bien esa espera.
Su hermana nació en Isla Cristina en 1967. Según relata Rosa, una matrona consideró que la pequeña estaba baja de peso y su padre la trasladó al Hospital Manuel Lois de Huelva. Aproximadamente una semana después, la familia recibió la noticia de su fallecimiento.
Rosa cuenta que su padre quiso verla y que inicialmente no se lo permitieron. Después de “mucho patalear”, asegura, le mostraron un bebé envuelto en gasas del que únicamente podía verse la cara. Para un padre que apenas había podido estar con su hija durante aquella semana, reconocer con certeza a aquel bebé resultaba prácticamente imposible. “Será, que es muy difícil de reconocer después de una semana un bebecito”, recuerda Rosa que terminó pensando su padre.
Tampoco, según su testimonio, le permitieron trasladar el cuerpo a los nichos que la familia tenía en Isla Cristina y la niña terminó enterrada en el cementerio de La Soledad de Huelva.
Décadas después, Rosa encontró en la Asociación Bebés Robados de Huelva un cauce para buscar respuestas. Pertenece a ella desde 2013 y el pasado año pudo dar uno de los pasos que llevaba años esperando: la exhumación de los restos atribuidos a su hermana. Aparecieron huesos. Ella ya ha entregado su muestra genética y ahora espera el resultado del cotejo.
“Yo ahora me encuentro esperanzada”, decía en el cementerio de Ayamonte. Esperanzada, explicaba, porque después de tantos años se ha dado “un paso adelante muy gigantesco”. Y detrás de esa esperanza también hay una carrera contra el tiempo. Su madre murió sin poder conocer la respuesta. Su padre tiene 85 años y todavía puede recibirla.
Rosa reconoce además que durante toda su vida ha conservado una intuición: “Yo siempre he tenido la intuición de que mi hermana estaba viva”. Es una percepción personal, no una certeza. Durante años su padre tampoco compartió aquella sospecha, pero, según explica su hija, el conocimiento posterior de otros casos acabó haciéndole plantearse también interrogantes sobre lo sucedido en 1967.
La ciencia es precisamente la que ahora tendrá que hablar también por Óscar.
Durante 45 años sus padres han convivido con el recuerdo de un niño al que vieron por última vez detrás de un cristal, con un ataúd que no pudieron abrir tras comunicarles su muerte y, desde 2005, con el recuerdo de aquel cambio de nicho durante el que un sepulturero realizó una comprobación visual y dijo no apreciar restos óseos.
Este viernes, en el cementerio de Ayamonte, los huesos estaban allí. Ahora falta saber si son los de Óscar. En la ciencia está la respuesta.


















