Anna Kassin, junto a Marcus Bensmann, publica en Correctiv una investigación en la que se documenta un sistema de ocultación durante al menos un siglo desde Roma. La responsabilidad del Vaticano en los abusos sexuales es mucho mayor de lo que se creía. Así lo revelan documentos secretos de una investigación mundial realizada por CORRECTIV. Joseph Ratzinger, el futuro papa Benedicto XVI, desempeñó un papel particularmente importante. A raíz de estos nuevos hallazgos, los expertos exigen acceso a los archivos secretos del Vaticano.

________________
Fuente: Miguel Ángel Malavia, Vida Nueva / Vida Nueva, , 24 de marzo de 2026
Tras una investigación de dos años, los periodistas Anna Kassin y Marcus Bensmann han publicado en Correctiv (empresa alemana especializada en medios de comunicación de interés público) un amplio reportaje en el que se denuncia la existencia de “crimen organizado” en el Vaticano. Hasta el punto de que, como nos cuenta ella en esta entrevista con Vida Nueva, al menos desde hace un siglo, constatan todo un sistema de ocultación de abusos a nivel mundial cuyo epicentro era la propia Roma.
Y es que, según estos medios, “durante al menos 100 años, la jerarquía de la Iglesia católica ha intentado mantener en secreto los peores actos de violencia contra niños, haciéndolos desaparecer en un sistema burocrático”
De siete países
Correctiv tiene en su posesión hasta 20 cartas que ha recopilado durante dos años. En dichas misivas se comprueba que “obispos de Estados Unidos, Italia, Colombia, Portugal, Australia, Austria y Alemania escribieron al Vaticano porque sacerdotes habían abusado sexualmente de niños. Y el Vaticano respondió”.
Siguiendo unas supuestas directrices en una institución jerarquizada como la Iglesia católica, “los documentos revelan que los empleados del Vaticano asignaban sistemáticamente números de caso a los delitos. Se recopilaban informes de crímenes sexuales cometidos por sacerdotes de todo el mundo, se archivaban meticulosamente, se clasificaban y se encubrían. Esta era la única manera de que los abusos pudieran continuar”. Algo que fue “especialmente devastador para las víctimas”.
En este punto, surge una reflexión, pues, durante las últimas dos décadas, han salido a la luz numerosos casos de abusos ocurridos en algunos casos desde al menos un siglo antes. Y llamaba la atención que, ante realidades tan dispares en lo geográfico y en lo eclesial, como India, Colombia, Australia, Alemania o Senegal, por citar algunos ejemplos, la respuesta eclesial siempre fuera la misma: ocultación del caso y cambio de destino del sacerdote acusado, sin avisar nunca a las autoridades locales.
En ese vacío, el medio alemán apunta una clave fundamental: “Si bien las críticas públicas y las exigencias de aclaración se dirigieron durante mucho tiempo principalmente a los obispos locales, los archivos revelan que faltaba una parte de la historia. Se ha hablado muy poco sobre la responsabilidad de la autoridad central. El Vaticano no solo tenía conocimiento de los abusos, sino que a menudo actuó con retraso, llegando incluso a revocar sanciones y manteniendo un secretismo absoluto”.
“Una cultura del silencio mortal”
Ahí, citando una frase de 2012 del arzobispo de Charles Scicluna, uno de los grandes referentes de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, en la Iglesia se impone “una cultura del silencio mortal”. Lo que no impide a Correctiv detallar cómo “el rastro de los archivos va desde el exterior, a través de las diócesis, hacia el interior, hasta el centro: Roma”.
Como se reconoce, el panorama cambió a partir de 2002, con la investigación del ‘Boston Globe’ en la que se reveló una gran cantidad de abusos en la Archidiócesis de Boston, pastoreada por el cardenal Bernard Law. En cambio, en vez de rendir cuentas ante las autoridades locales, la respuesta de Juan Pablo II fue trasladarle de Estados Unidos a Roma, donde se le concedió el importante título de arcipreste de la basílica papal de Santa María la Mayor. Allí, tras morir en 2017 fue enterrado (simbólicamente, ese mismo templo acoge los restos de Francisco). Todos estos hechos se narran en la película ‘Spotlight’, que en 2015 generó una gran conmoción mundial y que también sirvió de acicate para que la Iglesia incidiera en la voluntad de dar una respuesta firme.
A juicio del medio germano, esa primera gran investigación mostró “la verdadera magnitud de los abusos por parte de sacerdotes. El número superaba con creces los incidentes aislados: hoy en día, se conocen aproximadamente 200 perpetradores solo en Boston. Utilizando documentos internos, el equipo de periodistas pudo demostrar cómo la jerarquía eclesiástica local trataba a los perpetradores: cómo los cardenales los ponían habitualmente de baja por enfermedad o los trasladaban para encubrir sus crímenes”.
En este punto, se detalla un punto de especial gravedad al hacer referencia a que, “en una carta de 1981, el obispo de Oakland, California, solicita al Vaticano la expulsión del sacerdocio de un abusador convicto. El caso permanece en Roma durante seis años, hasta que el papa Juan Pablo II destituye al sacerdote. Durante este tiempo, Joseph Ratzinger se convierte en prefecto de la Oficina para la Protección de los Sacerdotes y, por lo tanto, responsable del caso. Durante los seis años que duró el proceso, el agresor volvió a abusar de menores”.
Retrasos de hasta siete años
Además, se narra “otro caso en Italia que llegó hasta el Vaticano. En 2003, un obispo contactó personalmente a Ratzinger en relación con un caso de abuso. En 2010, un empleado de la Congregación para la Doctrina de la Fe preguntó sobre el estado del proceso. Para entonces, el informe ya tenía siete años. Dos días antes de esta carta, el propio sacerdote había presentado su solicitud de expulsión del sacerdocio”.
Puesto que todas las cartas van signadas respectivamente con “un número de protocolo, esto demuestra que el Vaticano no solo tenía conocimiento de los abusos desde el principio, sino que también los clasificó sistemáticamente”.
Como recalca Correctiv, “la oficina donde convergen estas cartas es una de las más antiguas y poderosas del Vaticano: el Dicasterio para la Doctrina de la Fe”. Siendo su prefecto entre 1982 y 2005, el cardenal Joseph Ratzinger, sucesor de Wojtyla como Benedicto XVI, se observa que “su firma aparece en muchas de las cartas secretas”.
Algo significativo, pues, siendo pontífice, el alemán fue el primero en levantar la voz contra los abusos y exigir una “tolerancia cero” contra ellos. Después, siendo consciente de su falta de fuerzas para acometer una lucha firme ante un fenómeno tan grave, esa fue una de las causas de su renuncia en 2013, cuando le sucedió un Jorge Mario Bergoglio que impulsó una histórica respuesta frente a esta lacra eclesial, con muchos gestos y, sobre todo, con decisiones de gobierno concretas.

¿Se informaba a Roma?
Con todo, “los documentos contradicen una excusa común utilizada por la Iglesia respecto a su responsabilidad de investigar los abusos: los obispos alegaban no haber informado antes a Roma de los casos porque, supuestamente, solo en 2001 se hizo obligatorio informar al dicasterio sobre los perpetradores. Esta norma fue introducida por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger. Sin embargo, las investigaciones demuestran que muchas cartas llegaron al Vaticano ya en las décadas de 1980 y 1990; una incluso sugiere que se presentó un informe en 1972”.
La dimensión global del fenómeno se obtiene al comprobar que “la autoridad había enviado previamente dos instrucciones secretas a los obispos, estipulando que los funcionarios eclesiásticos debían informar a la autoridad sobre los casos graves ya en 1922 y 1962. Por lo tanto, es probable que la oficina central haya estado al tanto de los delitos cometidos por sacerdotes durante 100 años”.
Además, “para algunos perpetradores, incluso se revocaron las sentencias”. Así, el diario alemán tiene en su poder “dos cartas en las que el cardenal Ratzinger rehabilitó a delincuentes”. En uno de los casos, en Portugal, “un monje franciscano que abusó de una niña en 1956 fue denunciado a Roma en 1972”. Si bien por un lado se explica que “esta carta no se encuentra” (lo que puede hacer dudar de si fue destruida), otra misiva firmada por el prefecto germano en 1991 sí “lleva el número de protocolo 174/72” con el que se signó ese asunto concreto. Además, en ese documento se alivió la situación del franciscano, pues se “le levantó parcialmente la prohibición de confesar después de 20 años”.
Siendo Ratzinger el primer papa alemán de la Iglesia y teniendo en cuenta que el medio es germano, se pone mucho el foco en su acción esos años como prefecto. Y, así, se encuentran acciones dispares según cada situación concreta: “En algunos casos, también impuso castigos; algunos perpetradores fueron expulsados del sacerdocio o excomulgados de la Iglesia. Sin embargo, readmitió a un perpetrador alemán, a quien había excomulgado, en la Iglesia después de unos tres años. Esto permitió que el hombre, de quien la Iglesia sabía que había abusado de menores, reanudara su labor sin restricciones en una nueva diócesis”.
La intención de evitar escándalos
Pero, más allá, de un modo global y centralizado, subyace “la verdadera intención de la jerarquía de la Iglesia: proteger la institución y evitar escándalos”. Así, si se incurría en el ocultamiento era “por el bien de toda la Iglesia”…
También se cuenta con el testimonio de Damiano Marzotto, que llegó a ser subsecretario de Doctrina de la Fe. Algo que da gran credibilidad a la investigación, y más cuando este reconoce que “todos los casos de abusos por parte de sacerdotes suelen archivarse de forma confidencial”. Y es que el dicasterio, según habría admitido Ratzinger en una entrevista en 1998, contaría con “una caja fuerte especial” con documentos relativos a sacerdotes que “no deben publicarse”. Además, “según diversas fuentes, algunos expedientes también se conservan en el archivo de la Secretaría de Estado, una entidad que integra la Cancillería Federal y el Ministerio de Relaciones Exteriores”.
Pese a todo, “es imposible precisar cuántos documentos hay en total en los archivos del Vaticano”. Y más cuando “el secretismo permitió que los crímenes contra niños continuaran durante décadas; inicialmente, por obispos que no denunciaban a los perpetradores a Roma o lo hacían después de varios años, y que negociaban acuerdos para guardar silencio con las víctimas. Posteriormente, funcionarios del Vaticano como el cardenal Ratzinger endurecieron aún más la exigencia de secreto en 2001”.
Esta “fue levantada por el papa Francisco en 2019”. Y, “en los últimos años, bajo la presión pública, la jerarquía de la Iglesia, incluyendo a Francisco, ha modificado partes del Derecho Canónico. Ahora, los obispos enfrentan sanciones, incluso la destitución, si no denuncian los casos; también se han mejorado las medidas de prevención”.
Frente a los nazis
Otro punto especialmente grave es cuando se denuncia que “el Vaticano no solo creó un archivo secreto de expedientes de abuso, sino que incluso ordenó la destrucción de documentos sensibles”. Concretamente, se documenta “una directiva del Vaticano a Viena en 1938, poco después de la invasión de Austria por Hitler”. En ella, se exigía que “los archivos sobre el abuso sexual infantil debían ser quemados, aparentemente por temor a que el material cayera en manos de los nacionalsocialistas”.
Eso sí, se apunta que “la orden manuscrita nunca salió de Roma; solo se mostró al mensajero que llevaba el mensaje a Austria”. Además, “sorprendentemente, la orden manuscrita no tiene número de protocolo”.
Salvo esa orden en Austria, el resto de documentos sobre abusos están archivados con “un número de protocolo”. Excepto otro documento, “una carta de Joseph Ratzinger al sacerdote Peter H. Irónicamente, un caso que concierne a su antigua archidiócesis”, Múnich y Freising.
Fue “en 1980, dos años antes de que Ratzinger se trasladara a Roma. En una reunión en Múnich, se decidió aceptar al sacerdote Peter H. de Essen. Ya había abusado de niños en Bottrop y Essen y debía someterse a terapia en Múnich. Sin embargo, la terapia resultó infructuosa: en el verano de 1986, H. fue declarado culpable de múltiples cargos de abuso infantil y condenado a libertad condicional y una multa. Los jueces no impusieron restricciones a su trabajo con niños y jóvenes, a pesar de que un experto le había diagnosticado pedofilia. Todo esto era conocido dentro de la archidiócesis”. Sin embargo, el arzobispo “quería readmitir al sacerdote”.
Volvió a trabajar con jóvenes
Hasta el punto de que, efectivamente, “se le permitió regresar a su trabajo y supervisar a jóvenes. Esta reincorporación no estuvo exenta de consecuencias: Peter H. abusaría de varios niños también en su siguiente parroquia”, en Garching an der Alz, en la Alta Baviera. Tras “salir a la luz pública” en 2010, “el proceso judicial aún continúa”.
También se analiza la actuación de Ratzinger frente a Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y uno de los referentes eclesiales en el largo pontificado de Juan Pablo II. Tras “llegar el caso a su escritorio”, era evidente que no era uno cualquiera… y es que Maciel “aportó a la Iglesia católica, a través de su organización, numerosos sacerdotes jóvenes y considerables sumas de dinero. Altos cargos de la Curia se beneficiaron de su red y gozaba del favor personal de Juan Pablo II”.
Así, “que había estado abusando de estos jóvenes sacerdotes durante décadas, era conocido en el Vaticano desde las décadas de 1940 y 1970. Algunos de ellos recurrieron al Vaticano a partir de 1997”. Sin embargo, “el cardenal Ratzinger tuvo que suspender las investigaciones contra Maciel debido a su gran influencia. Poco después de ser elegido Papa, Ratzinger instruyó a su antigua oficina para que finalmente castigara a Maciel. El sacerdote, de 85 años, fue condenado a dedicar el resto de su vida a la penitencia y la oración”.
De ahí la conclusión del medio alemán, que considera una “leyenda” el argumento de que “Ratzinger no tuvo poder alguno hasta la muerte de Juan Pablo II, pero intervino cuando este último ya no pudo proteger a Maciel”. A su juicio, si bien este no pudo actuar plenamente contra quien fue “sin duda influyente”, se le afea que, en cambio, sí “podría haber intervenido en los casos de otros perpetradores que nadie fuera de sus comunidades conocía: en Oakland, en Portugal, en el caso de Peter H. y en muchos otros casos”.

________________
Entrevista a Anna Kassin
PREGUNTA.- Han tenido acceso a 20 documentos ocultos en Doctrina de la Fe, con cartas archivadas (cada una señalada con un número) de obispos de Estados Unidos, Italia, Colombia, Portugal, Australia, Austria y Alemania. En una entidad tan jerarquizada como la Iglesia católica, imperando en muchos casos la ocultación de lo ocurrido (con el manoseado argumento de “no generar escándalo en los fieles”), el cambio de destino de los sacerdotes abusadores y no notificar nada a las autoridades locales, ¿se puede concluir que era el propio Vaticano era el que patrocinaba de un modo concreto un mismo patrón de respuesta cuya principal consecuencia fueron miles y miles de vidas destrozadas?
RESPUESTA.- Eso es lo que se deduce de las cartas. La curia va haciendo accesibles los archivos históricos poco a poco, pero los armarios donde se guardan estas cartas deben permanecer cerrados. Las misivas son secretas. Según el Derecho Canónico, los obispos ya estaban obligados, al menos desde 1922 y luego ratificado en 1962, a guardar silencio sobre estos casos. Tenían prohibido hablar de ello con personas ajenas a la Iglesia
Esto también significaba que no se podía denunciar a los autores ante las autoridades estatales. Estas normas fueron dictadas por el Vaticano. A partir de 2001, la situación se agravó aún más: el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de Doctrina de la Fe, sometió estos casos al secreto papal. Según los especialistas, este secreto se extendía incluso a las víctimas cuando estas formaban parte de procedimientos canónicos. Gracias al secreto, los abusos pudieron, de facto, continuar sin cesar. Y esto fue impuesto desde las más altas instancias eclesiales.
Las decisiones se toman, como es lógico, en la sede central, y la responsabilidad recae claramente en el Vaticano. Allí también se tomaban las decisiones sobre los infractores a los que se denunciaban. Se les podría haber castigado con dureza, pero a menudo no se hacía. En muchas cartas se da a entender que había que evitar los escándalos públicos y que los fieles no debían enterarse de nada.
El Vaticano ordenó anteponer el bien de la Iglesia al de los niños. Los expedientes también se pierden o se destruyen. Esto fue especialmente grave en 1938, como nos han demostrado los documentos: los nazis acababan de invadir Austria y, a raíz de ello, el Vaticano ordenó a los obispos y superiores de las órdenes religiosas que quemaran todos los expedientes sobre abusos.
En 2019, el papa Francisco volvió a derogar el secreto pontificio sobre los abusos. Además, endureció las normas: ahora los obispos se enfrentan a sanciones si no denuncian los casos. Pero el silencio persiste; en el Vaticano lo vemos aún más que entre los obispos.
P.- ¿Cree que esta denuncia puede marcar un antes y un después en la Iglesia católica, como ocurrió en la Archidiócesis de Boston en 2002 con la denuncia de Boston Globe contra el cardenal Bernard Law? ¿O teme que ese mismo modelo de silencio se imponga una vez más y todo quede en el olvido?
R.- Por supuesto, esperamos que nuestras conclusiones lleguen a mucha gente y también a la Iglesia. Seguimos esperando una respuesta del papa León XIV, a quien hemos planteado el asunto personalmente. Por eso, con este artículo también hemos hecho pública nuestra petición, que la gente puede apoyar con su firma.
A nivel regional, ya se ha recibido un apoyo tímido con una revisión en el Vaticano. El periodista Walter Robinson, del Boston Globe, nos contó que el asesor del cardenal de Boston le dijo en aquel entonces que la Iglesia llevaba siglos lidiando con este tema y creía que podría superar esta tormenta. Hasta ahora, ha intentado hacerlo mediante una mezcla de secretismo y lamentaciones públicas, sin fomentar la transparencia. Los expertos piden ahora que se hagan accesibles no solo los archivos históricos, sino también los expedientes de los archivos secretos.
P.- ¿Cómo cree que muchos creyentes pueden asimilar que, desde el corazón de la Iglesia, se haya permitido un sufrimiento evitable para tantas personas víctimas de la pederastia en entornos eclesiales?
R.- Sin duda, esto resulta doloroso, ya que la Iglesia sigue desempeñando un papel importante en sus comunidades. Ofrece un punto de apoyo a las personas que allí viven. Crea un sentido de comunidad. La reacción de los fieles ante estas revelaciones es muy variada, como hemos podido comprobar sobre el terreno: algunos siguen como hasta ahora y guardan silencio al respecto; al parecer, les cuesta mucho soportar esta terrible verdad. Hay quienes se comprometen y ponen en marcha iniciativas para apoyar a las víctimas y luchar por que se haga justicia. Quieren convertir la Iglesia, “desde dentro”, en un lugar mejor.
Pero, para muchos otros, este también parece ser un motivo para dejar la Iglesia: en 2024, en Alemania fueron 321.000 personas las que abandonaron oficialmente el catolicismo.
P.- Como papa, Benedicto XVI fue el primero en levantar la voz ante los abusos y exigir una “tolerancia cero” contra ellos. Después, siendo consciente de su falta de fuerzas para acometer una lucha firme ante un fenómeno tan grave, esa fue una de las causas de su histórica renuncia en 2013… Pero, en su investigación, sale muy señalado en sus años de prefecto de Doctrina de la Fe, retrasando casos y aprovechando ese tiempo algunos sacerdotes para abusar de más niños. En la situación más grave, Peter H., párroco de Essen condenado por pedofilia, fue finalmente dispensado por él y volvió a destrozar más vidas en su siguiente parroquia. ¿Cómo juzgará la Historia Joseph Ratzinger en su respuesta a la pederastia clerical?
R.- Eso deben juzgarlo los historiadores y los teólogos. De las conversaciones con expertos y compañeros de camino se desprende la imagen de un hombre que estaba consternado por estas historias. Si eso se debía realmente a la compasión por las víctimas o más bien a la “mala fama” del sacerdocio, probablemente, solo él mismo podría decirlo. Los expertos y periodistas nos dicen que Ratzinger actuaba con mucha dureza con los teólogos que no predicaban la “verdadera doctrina”, pero que trataba con bastante indulgencia a los autores de abusos.
Eso es lo que nos revelan también las cartas: en el caso de Peter H., cuyos actos conocía desde su época como arzobispo, le permitió seguir ejerciendo como sacerdote al autorizarle a beber vino de uva en la misa [había tenido problemas de alcholismo]. Sin embargo, el arzobispado de Múnich y Freising mencionó las fechorías del sacerdote en la consulta enviada a Roma. Los expertos en Derecho Canónico nos confirman que Ratzinger, perfectamente, podría haber solicitado información y ordenado una investigación por los abusos. No lo hizo.
En el caso de un agresor de Portugal, le retiró la pena tras unos 20 años. En otro en Oakland, esperó varios años porque el cura era aún muy joven; durante ese tiempo se volvieron a producir abusos a menores. No se quería expulsar del clero a los sacerdotes jóvenes menores de 40 años, al parecer independientemente de los delitos de que se tratara.
A menudo se hace referencia al caso de Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo. En el Vaticano se conocían sus delitos desde hacía décadas. Ratzinger inició una investigación en los 90, pero no pudo procesarlo porque gozaba de la protección de Juan Pablo II y de otros miembros de la curia. Lo condenó más tarde, ya como Papa.
Sus seguidores afirman que al principio no pudo tomar medidas, pero que lo hizo cuando llegó al poder. Puede que sea así, pero con todos los demás culpables que no tenían la misma influencia o los mismos protectores podría haber actuado con mucha más dureza. En la mayoría de los casos que conocemos, no fue así.
P.- A Benedicto XVI le sucedió Francisco, que impulsó una histórica respuesta frente a esta lacra eclesial, con muchos gestos y, sobre todo, con decisiones de gobierno concretas. Sin embargo, parece que no fue suficiente y, ante la magnitud del problema, aún queda mucho trabajo por delante. Aunque, antes de publicar su investigación, contactaron con él para pedirle una valoración y no hubo respuesta a su petición, ¿qué espera en ese sentido de León XIV?
R.- Aún está por ver cómo abordará el papa León el abuso sexual en su Iglesia. Aún se encuentra al principio de su pontificado. Yo diría que, hasta ahora, está enviando señales contradictorias. Por un lado, a principios de año se reunió con representantes de organizaciones de víctimas. En una de sus primeras entrevistas, afirmó que se trataba de un tema importante. Sin embargo, ahí mismo señaló que no podía ser el tema más importante ni el único que la Iglesia católica debiera abordar.
Poco después de su toma de posesión, elogió la contribución de los periodistas de investigación sobre la revelación de estos abusos. Pero, a nuestra solicitud de declaraciones, él respondió de la siguiente manera: tras nuestra primera carta, envió primero la información a la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, creada por su predecesor, Francisco. Fue una señal importante.
Sin embargo, este departamento no tiene competencias para impulsar una verdadera investigación y tampoco puede consultar los expedientes. Ni aun dependiendo precisamente de la autoridad competente en materia de abusos, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, puede consultar esos expedientes.
Por eso, la comisión nos volvió a dar una respuesta negativa y no pudo responder a nuestras preguntas. Desde entonces, tampoco hemos recibido ninguna respuesta del Papa, a pesar de que le entregamos nuestras preguntas en persona.
___________________

Nota Asturias Laica
El diario alemán Correctiv, junto a otros medios internacionales (El País, The Boston Globe, Observador y Casa Macondo), publica 20 cartas ocultas en Doctrina de la Fe. En lo que sería un ‘Spotlight’ eclesial a nivel global, se denuncia la existencia, durante al menos un siglo, de todo un sistema que incurrió en el “crimen organizado”
El País publicó el pasado 19 de marzo un reportaje sobre el tema, incluyendo alguna de las cartas, que recogimos en el blog de Asturias Laica:

















