Reig Plà: tanta paz lleve como descanso deja

Quizá de aquí en adelante, liberado de su endemoniada cruzada contra cualquier pasión humana de cintura para abajo, tenga tiempo de escuchar al prójimo más allá de la superioridad moral de su púlpito

El obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Plà, en 2019 / Ricardo Rubio – Europa Press vía Getty images

Luz Sánchez Mellado, El País, 21 de septiembre de 2022

Vivimos tiempos extraños. Las empresas prefieren quitarse de encima las nóminas caras y prejubilar en masa a los veteranos a disponer de su impagable ejemplo y magisterio sobre los nuevos. Relevo generacional y tal, lo llaman. Rentabilidad ciega, quieren decir sin decirlo. Si había algún ámbito en el que se respetaban las canas y se dilataban los plazos del cambio de testigo, era la Iglesia. Pero eso también parece haber cambiado. Teniendo en cuenta que la unidad de tiempo del Vaticano solía ser el siglo y que el interesado cursó su protocolaria renuncia en julio, al cumplir 75 años, la jubilación exprés del obispo de Alcalá de Henares por parte del Papa Francisco, nada más volver de vacaciones, parece más un cese fulminante que un retiro rutinario. Ya que soy el sumo pontífice, ha debido de pensar Francisco, le construyo un puente de plata a su jubilación que ríete tú del del anuncio de seguros.

Quien se sorprenda, que tire la primera piedra. Juan Antonio Reig Plá, el obispo que tuvo la santísima mitra de decir hace 10 años en la homilía de Viernes Santo, retransmitida en directo por Televisión Española, que los homosexuales, a veces, se prostituyen y encuentran el infierno en los bares de lucecitas, provocando con ello ser repudiado por el Ayuntamiento en pleno de la ciudad cabeza de su diócesis, llevaba tiempo calladito. Desde la ascensión del ¿progresista? Francisco al sillón de Pedro, su ilustrísima relegaba sus cursos de reeducación de la homosexualidad y sus diatribas contra el aborto, el feminismo, la reproducción asistida y la eutanasia a las profundidades de su página web sin dejarse entrevistar ni hacer más comentarios al respecto, en la muy acendrada y ancestral costumbre del pecador cristiano de tirar la piedra y esconder la mano. Con semejante currículo, su apartamiento de la primera línea de la Curia era cuestión de tiempo.

No consta si el reverendísimo ya conocía su futuro inmediato o, como sucede en muchas empresas, el caído en desgracia habrá sido el último en enterarse. El domingo, eso sí, se despidió de su pueblo como más le gusta. Haciéndose carne mortal primorosamente cubierto por su purpúrea casulla presidiendo la solemne procesión de la virgen del Val, santísima patrona de Alcalá, volviendo a hombros de fornidos militares a su ermita tras pasar el verano en la catedral magistral donde su eminencia vivió sus estelares momentos de gloria en este mundo. Ahora, le lloverán besamanos, digo anillos, misas conmemorativas y fiestas de homenaje por parte de sus curas, sus monjas y sus feligreses más incondicionales. Quienes no le echarán de menos serán sus cientos de miles de ovejas descarriadas. Le deseo lo mejor en su nueva etapa. Quizá de aquí en adelante, liberado de su endemoniada cruzada contra cualquier pasión humana de cintura para abajo, tenga tiempo de escuchar a los demás más allá de la superioridad moral de su púlpito. No dudo que esté cansado. Debe de ser agotador sentenciar sobre el sufrimiento ajeno e intentar dormir cada noche en la paz de un Dios que predicaba amar al prójimo como a uno mismo. Tanta paz lleve como descanso deja.

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